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LA BELLEZA DE UNA TIERRA YERMA

LA BELLEZA DE UNA TIERRA YERMA

El esplendor del Sahara

Amo el desierto, y de todos los que he visto el Sahara es con diferencia el que más me ha cautivado. En ningún lugar como el Sahara, se puede palpar la inmensidad de la nada. Desde los famosos mares de dunas retratados en miles de fotos que se pueden ver desde Marruecos hasta Egipto, hasta la simplicidad de sus oasis, que ponen una nota de color verde en medio del ocre que reina. 

TIERRA YERMA

El Sahara es realmente enorme y complejo, más de nueve millones de kilómetros cuadrados donde no es sólo diferente la diversidad paisajística. Desde las kasbahs marroquíes, fortalezas de barro que han quedado ancladas en otro tiempo, hasta los atardeceres leoninos del Mar Rojo en las costas de Egipto. Miles de tribus distintas, agrupadas algunas de ellas por idiomas parecidos pero de muy diferentes costumbres. Y es esto último, lo que más me fascina de esta tierra: la enorme complejidad humana.  

Cuando más se adentra uno en el desierto más simple y pura es la vida de sus moradores. Gentes que viven con casi nada… y que se vanaglorian no de sus pertenencias, sino de su espíritu libre. Recuerdo una noche en el desierto blanco, en Egipto, ya entrada la noche, cuando solo la luz de las estrellas alumbraba. El paisaje que me rodeaba no parecía de este mundo, para quién no lo conozca éste desierto, es de tiza, y una vez se va el sol parece realmente que estás posado en la plateada luna… pero sin traje de astronauta. Aquella noche tomé un te amargo con un grupo de beduinos que nos acompañaba. Cuando las llamas de la hoguera se estaban desvaneciendo, empezaron a tocar el laud y a cantar. La música se apoderó de mi. La fuerza de lo tribal, de lo ancestral se palpaba en aquellos acordes. Ese sentimiento, junto con el fuego, más el paisaje de otro mundo que nos rodeaba hacía que mi mente pudiera transportarse a otro tiempo. Aquella época en la que caravanas de miles de camellos unieron las partes más remotas de este mágico desierto. Un tiempo donde las tribus del Sahara se resguardaron del poder de Roma, y más tarde de un colonialismo que de nuevo intentó esclavizar a sus gentes. 

TIERRA YERMA

Cuando terminó la melodía pregunté a mi guía sobre el contenido de la canción que habíamos escuchado. Me contó que la letra hablaba de una mujer que, en aquel tiempo de las caravanas, fue desposada con un rico mercader. Éste la llevó a su palacio, rodeándola de todas las comodidades, pero ella no paraba de llorar. La tristeza la estaba matando lentamente. Por las noches, cuando estaba acompañada de esclavas que la cuidaban ella siempre les contaba lo mismo. Que lo más hermoso de la vida es ser libre como el viento. Que añoraba la sencillez del desierto, el calor del fuego en la madrugada, la caricia de la brisa al atardecer, los paisajes infinitos en los que no había nada. Tal fuerza tenía su relato, tal magia lo que contaba a sus esclavas, que una de ellas arriesgando su vida la ayudo a escapar. El mercader mandó a buscarlas, y ofreció recompensa a quién las devolviera a casa. Pero jamás regresaron. Dicen que sus palabras todavía pueden escucharse por aquellos que tienen la capacidad de sentir el alma del Sahara. Pues nadie las encontró, y nunca fallecieron. Su espíritu sigue vivo en esta tierra yerma pero llena de vida. 

Hoy en día, en un mundo donde sólo lo material interesa, se nos olvida que muchas veces lo material nos esclaviza. No sé donde hemos dejado los hombres nuestra libertad. Cómo se nos ha olvidado que ese ha sido siempre nuestro más preciado tesoro. No sé si algún dia regresaré al Sahara, pero su espíritu jamás me ha abandonado. Pues se puede tener todo, sin apenas nada. Rodearte de lo que más amas, aunque la sociedad no te comprenda. Ser libre, y tomarse la vida como un caprichoso viaje de final incierto donde lo que más importa es el hoy y el ahora. Como hicieron antaño los hombres y mujeres de las caravanas que atravesaban el Sahara. La lección de una manera de vida, que se torna poesía cuando es recitada con un laúd a la luz de las estrellas. 

Juan Jesús Vallejo

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