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LOS NARCOSATÁNICOS

LOS NARCOSATÁNICOS

Tráfico de drogas y la faceta más oscura del Palo Mayombe

Bella, simpática, extrovertida, estudiante destacada de Educación física con aspiraciones de convertirse en docente y con una extraña fascinación por el ocultismo, son las palabras con las que podríamos describir a Sara María Villareal Aldrete. Atractivo, carismático, bisexual, de ascendencia cubana y sacerdote iniciado en el “Palo Mayombe”, fueron las características de Adolfo de Jesús Constazo. Dos personajes de mundos opuestos que terminaron liderando una de las bandas criminales más crueles de México.

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Todo comenzó en Matamoros, ciudad fronteriza que colinda con Brownsville (Estados Unidos), con la desaparición de Mark J. Kilroy, estudiante de medicina que tomaba vacaciones en ese lugar como muchos jóvenes norteamericanos de la época. Mientras realizaban un operativo que buscaba interceptar envíos de droga a USA, la policía siguió un automóvil hasta el rancho Santa Helena donde capturaron a un sospechoso, quien reconoció a Kilroy en una fotografía, por lo que regresaron al rancho en compañía de Serafín Hernández, uno de los detenidos.

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Al llegar al lugar, Hernández comenzó a comportarse de manera extraña. Les dijo a las autoridades que algunas de sus armas no iban a funcionar allí, como si se sintiera protegido por alguna extraña energía. Examinando la zona, los peritos encontraron los restos de 13 cuerpos mutilados, entre ellos el de Kilroy, quien había sido sacrificado en un ritual sangriento. Al norteamericano le abrieron el cráneo a machetazos y le sacaron los sesos, le habían arrancado la espina dorsal desde la cintura hasta el cerebelo y alrededor del rancho había un alambrado en el que los investigadores encontraron partes de su columna vertebral que iban a ser utilizadas para hacer amuletos. Además, se halló una olla ritual, La Nganga o Prenda, caldero metálico que contenía restos humanos, ajo, una tortuga y sangre, transformados en un bebedizo.

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Tras el macabro hallazgo, se descubrió que Adolfo de Jesús Constanzo era el líder de una banda que fue nombrada de inmediato como “Los Narcosatánicos”, traficantes de droga que acudían a los rituales más oscuros del Palo Mayombe para asegurar el éxito en sus trabajos. Estas ceremonias incluían tortura, mutilación, asesinato e incluso antropofagia, en ritos que buscaban generar el mayor sufrimiento posible en sus víctimas, ya que creían que esto les daría más poder, todo con el fin de que “El Padrino” (sobrenombre de Constanzo), obtuviese la fuerza necesaria para evitar que las balas le hicieran daño.

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El 5 de mayo de 1989, Sara Aldrete, mano derecha de Constanzo también conocida como “La Madrina”, lanzó un papel por la ventana que decía “Ayúdenme por favor me tienen secuestrada. Me van a matar. Es al que tanto buscan” especificando su ubicación. Un día después, las autoridades organizaron un operativo dirigido a capturar al líder de esta peligrosa banda. Al verse acorralado por la policía, Constanzo comenzó a realizar disparos y a lanzar dinero por la ventana, con la intención de distraer a sus perseguidores. Muchas personas que iban pasando se lanzaron a recoger el dinero sin importar el riesgo. Sintiéndose perdido, “El Padrino” pidió a Álvaro de León Valdés que le disparara, porque regresaría de la muerte más poderoso que antes para buscar venganza.

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Cuando terminó la balacera, los policías ingresaron al recinto donde Sara fue “rescatada”, pero las declaraciones de miembros de la banda hicieron que un juez la sentenciara a más de 600 años de prisión, pena que aun paga, entre obras de teatro, su libro “Me dicen la Narcosatánica” (donde trata de demostrar su inocencia) y sus clases de inglés para sus compañeras en la prisión. Ha concedido diferentes entrevistas a medios mexicanos e internacionales, asegurando que fue una víctima secuestrada por Constanzo y que su confesión, durante el juicio, fue arrancada a fuerza de torturas y violaciones por parte de la policía.

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Tras varios años de lucha, un juez aceptó un pedido de revisión de condena y bajó los 647 años de cárcel a 50. Mientras tanto, el Rancho Santa Helena pasó a manos del gobierno mexicano y está abandonado, pues nadie desea acercarse a este lugar que en otro tiempo estuvo cubierto por la sangre de oscuros rituales.

Alejandro Bernal

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